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El Hombre de Neuva York

¿Este tarado, que soy yo, es un hombre o la sombra de un hombre?
Los increíbles tonos de pastel eléctrico están parpadeando
por toda la ciudad. Un ojo solitario los registra, encendido
como un televisor en un apartamento abandonado.
Esculturas de vidrio, constelaciones acrílicas,
edificios hecho anuncios luminosos,
parecen um remolino estelar sobre esta noche turbia
tan drogada de ficciones como el alma.

Un hombre, o la sombra tarada de um hombre, hablaba solo:
— Embrutecido por el pensamiento — se decía —
huelo, desde lejos, a metamorfosis
(la de la vida en la muerte)
porque la poesía hace estéril el espíritu.
Mejor ser nadie a levantarse cada día
de la página como de una gusanera, a pudrirse
emponzoñado de mitos metafísicos, a que la vida
sea polvo de palabras sin suelo en que posarse.
Es dura la tierra de la poesia y el mundo muere en ella indignamente nombrado.

Ah, no quiero leer más esta lujuria sucia
de la inteligencia, ni mancharme los sueños
con la carroña de los sentimientos
(que los papeles viejos enmohecen, apestan).
Como la ciudad mi vida es una calle
que huele a basura y a grasa de automóviles,
pero yo sólo deseo ser un analfabeto
del alma, inocente y humano,
que vive con decoro.
Pasar por los humildes placeres de los días
con un poco de humor, viajar lejos de mí…
hasta olvidarme, y ya olvidado beber
muy lentamente el coñac de la vida,
la brasa de los sueños frente a la ventana
de un futuro aún sin recorrer.
Si escribir es prepararse para no escribir más,
despido a las palabras, y me saludo a mí mismo
como si fuera, por feliz, un desconocido.

En el aire flotaban las nubes silenciosas,
las gotas de la lluvia brillantes como el charol.
Aquella sombra, que era el alma tarada de un hombre,
por las grietas frías de sus labios
murmuraba todavía alguna frases antes de callar:
— … Y me escuecen demasiado los crímenes
del recuerdo, como una rozadura.

Las calles parecían una ampolla de morfina,
olores de enfermo salían de los clubes como un escupitajo de tiniebla,
los expresos recorrían sus spleens…
— Aunque sin ser tan vanidosos como las flores
del campo o los pájaros del cielo
está caro entrar en ningún paraíso.
— En ningún paraíso — repitó el eco sordo
junto al zumbido lejano de las avenidas.
— En ningún paraíso.

[Diego Doncel, En Ningún Paraíso / Em Nenhum Paraíso, Averno, 2007]
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